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Quizás quienes caminan por allí no lo sepan, pero en la esquina de Piedra Alta y Cerro Largo hubo un tablado de barrio. Nacido en 1919 de la mano de un barrio que lo acunó hasta su época dorada entre el final de 1950 y los primeros años de la década del 70.

Ese fue el tablado donde se “crió” Milita Alfaro. Dicho de otra forma, el lugar en el que creció rodeada de los colores, los sabores y los olores del Carnaval montevideano. Allí se forjaron los primeros recuerdos que permanecen en la memoria de quien le dedicaría gran parte de su ejercicio intelectual a investigar sobre una de las mayores fiestas populares de Uruguay. Porque Alfaro se transformó luego en una destacada historiadora e investigadora del Carnaval. Y a través de él, en una ávida observadora de la sociedad uruguaya.

Aquel tablado tuvo varios nombres. Tutankamon, Mefistófeles, Tintorería China, Peligros del Hula Hoop, El canal que más se ve. Y todos fueron anotados con meticulosidad en los cuadernos manuscritos que Alfaro guardó en cajas durante años, con la intención de llevar un registro pormenorizado de todos los tablados de Montevideo.

Esos cuadernos fueron parte del material que dio lugar a su última investigación: Carnaval y Ciudad. Un proyecto que logró ubicar en un mapa dónde estuvieron ubicados los escenarios carnavaleros a lo largo de 135 años y que próximamente será una nueva adición a su amplia producción bibliográfica. Pero además representa el final de su vínculo con el estudio de la fiesta. “Esta retirada va en serio”, dice ahora desde una mesa del café de Cinemateca donde conversó con El Observador.

La historiadora e investigadora deja abierto detrás de ella un campo de investigación que inició en solitario pero que en los últimos años recibió a jóvenes estudiantes interesados en ver a la sociedad desde los ojos del Carnaval.

Pero, de alguna manera, Milita Alfaro siempre estará vinculada a la fiesta. Durante este Carnaval formará parte del equipo de Calle Febrero, el programa de Radios Públicas, para compartir aquellas historias que forjaron el Carnaval como la conocemos hoy. Cuenta que el periodista Guzmán Ramos la invitó y le abrió la cancha para comentar los espectáculos, pero aclara que, en principio, lo suyo es el carnaval “de antes”.

“Lo mío son las columnas. A mí me gustan mucho. Yo sospecho que él está más convencido que yo de que a la gente le interesa. No sé qué interés pueden tener, sobre todo en medio del concurso que la gente quiere saber si gana La Falta o si gana Patos Cabreros, que te vengan a hablar de lo que pasaba en el carnaval de 1905. No sé si la gente va a querer escuchar eso. Él dice que sí y ojalá que así sea. Yo encantada, porque me gusta Falta y resto y me gustan los Patos Cabreros, pero me encanta el carnaval de antes”.

Alfaro, quien fue declarada ciudadana ilustre de Montevideo en 2025, volvió hace poco a la esquina donde alguna vez estuvo aquel tablado que forjó su inquietud por la fiesta popular. “No sé bien qué era lo que iba a buscar”, adelanta.

“Me encontré con una placa que lo recuerda y que dice en este barrio, el Cordón, y en esta cuadra, Cerro Largo y Piedra Alta, se construyeron los mejores tablados artísticos del carnaval uruguayo. Me gustó, porque de alguna manera recupera esa memoria. No sé si fueron los mejores, pero para mí los más queridos sin lugar a dudas”.

En el comienzo de un nuevo Carnaval, Milita Alfaro habló con El Observador sobre la fiesta popular y el final de un ciclo en su carrera como investigadora. A continuación, un resumen de la entrevista.

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Milita Alfaro

Gastón Britos / FocoUy

¿Cómo empieza tu vínculo con el carnaval?

El vínculo con el carnaval empieza poco menos que cuando nací, porque era un poco la tónica de la sociedad de esa época en la que Carnaval ocupaba un lugar muy central. Lo sigue ocupando, pero en esa ciudad más integrada que era Montevideo allá en los años 50 había ciertas prácticas de las que participaba todo el mundo. Los desfiles de 18 de Julio, el tablado del barrio, todas esas cosas están muy asociadas a los años de la niñez. Después vino otra faceta de meterme tomar el carnaval como objeto de estudio desde una perspectiva fundamentalmente histórica, pero también sumándole otras miradas de las ciencias sociales, por considerar que más allá de otros enfoques más tradicionales, e imprescindibles, del relato historiográfico como son la historia económica y la historia política, el carnaval también tiene muchas cosas para contar sobre la sociedad.

¿Cuándo empezaste con esa inquietud por la investigación y el carnaval?

Yo diría que allá por principios de los 80, donde también la influencia de ciertos cambios que se dieron a nivel de nuestra historiografía y la influencia de José Pedro Barrán que a través de su Historia de la Sensibilidad en el Uruguay empezó a indagar en terrenos que no eran los más tradicionales de la investigación histórica. Él me alentó mucho en esta idea, que era un poco loca en un principio. Yo creo que la labor que he desarrollado de una manera confirma que hay una cantidad de preguntas que otros enfoques no responden y que a través de la fiesta uno se aproxima a las formas de vivir y de sentir de la gente común y corriente, y entonces vale la pena.

¿Qué puede decir el carnaval contemporáneo de nosotros como sociedad?

Como todo ritual colectivo es un momento en el cual la sociedad hace un paréntesis, en este caso además es muy rico, muy diverso y muy largo, porque se extiende en el tiempo. Son rituales colectivos en los cuales una sociedad ilumina o pone el foco en determinados dilemas, preocupaciones, aspiraciones, esperanzas de futuro, proyectos. Nuestro carnaval además tiene esa característica de ser un carnaval tan teatralizado que a veces uno hasta lo puede sentir como una como un déficit, que pasa más por decir que por hacer. En el pasado el carnaval se vivía, por esa cosa lúdica que tuvo en un época. En cierto momento fue evolucionando hasta esta cosa donde fundamentalmente se dicen una cantidad de cosas referidas a lo que son las preocupaciones o las inquietudes de la sociedad desde una perspectiva crítica, humorística, mezclando la sátira. Creo que eso es saludable para una sociedad, darse ese espacio para mirarse a sí misma con ojos críticos.

¿Nos hemos convertido en espectadores más que en participantes?

Sin duda. Cada vez son menos los que se suben al tablado y más los que se quedan abajo. En una época había más de 200 agrupaciones y había una cosa más amateur, menos profesional, cada uno salía a hacer lo suyo. Eso se fue profesionalizando y el carnaval quedó un poco circunscrito a gente que realmente tiene condiciones artísticas, musicales o corales. Es muy difícil que cualquiera pueda salir en carnaval. Más allá de que yo creo que el espectáculo carnavalero no empieza y termina arriba del tablado, creo que el público contribuye también a hacer ese carnaval: los aplausos, las risas, los silencios. La gente acompaña con lo suyo. Estos días vemos los estrenos, después vamos a ver cómo esos espectáculos con el rodaje y con la interacción con el público se van modificando, cambian, porque la gente aporta lo suyo. Desde abajo del tablado también se hace carnaval.

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Milita Alfaro

Gastón Britos / FocoUy

¿Y cómo ha sido el papel del Estado en el carnaval en su historia?

Es fundamental. En el carnaval hay tres grandes actores: la sociedad, el Estado y el mercado. Hay una triple interacción, todos ellos ponen lo suyo. La sociedad además desde ese doble rol de los carnavaleros y del público. Y el Estado es clave. El carnaval es un poco el resultado de una sociedad que hace a la fiesta y un Estado que está permanentemente tratando –a veces con más éxito, a veces con menos éxito– de adecuar esa fiesta a sus modelos, a sus proyectos, a sus intereses. Eso ha sido a lo largo de la historia un poco la lógica que ha movido nuestro carnaval.

Hay un período que es clave. El Batllismo tuvo una suerte de entendimiento que hasta puede llamar la atención. El carnaval es de alguna manera la fiesta que viene a desafiar al poder. El Batllismo era hegemónico en materia de gobierno en esas primeras décadas del 900 del siglo XX, sin embargo hay un entendimiento que encuentra varias explicaciones. En primer lugar el carnaval es una fiesta que en algún aspecto sintoniza con esa veta popular igualitaria que el proyecto reformista pretende impulsar y por ese lado hay una suerte de alianza, el Batllismo ve el carnaval casi como una fiesta oficial. La cara festiva del reformismo pasa a ser el carnaval. Por eso también es tan resistido por la oposición. Se hablaba en esos tiempos de "el carnaval del señor Batlle". Después está también la veta anticlerical que el carnaval tiene y que también sintonizaba muy bien con el anticlericalismo de don Pepe y del Batllismo. Y hay otro elemento clave que es la potencialidad turística que tiene el carnaval. Hoy tenemos incorporada la idea del turismo como un aspecto clave de nuestra economía, en el 900 eso no era tan así. En ese sentido el Batllismo fue pionero y bastante vanguardista en promover la imagen de Montevideo como ciudad balnearia y potenciar en el carnaval la posibilidad de atraer un turismo fundamentalmente proveniente de la Argentina. Muchos miles de turistas llegaban y pasaban todo el verano acá disfrutando de las playas y el carnaval era un poco la frutilla de la torta en todo ese programa de fiestas.

Ese carnaval se miraba mucho en el espejo europeo, hay una especie de utopía de convertir al carnaval montevideano en una suerte de carnaval a la manera de Niza. Eso coexistió con un carnaval más a la uruguaya, que es el que se cultiva en los barrios por parte de la gente, que tiene su epicentro sin lugar a duda en el tablado de barrio. Los viejos tablados callejeros, gratuitos, que se levantaban en las esquinas con todo un barrio atrás. Está el concurso, sí, que viene de la parte oficial y de las autoridades, pero después toda la movida de los tablados es una iniciativa que corre pura y exclusivamente en base al entusiasmo y la participación colectiva de la gente. En la primera mitad del siglo XX existe una fuerza brutal que después, por diferentes factores, va decayendo.

Hablabas de que ese carnaval tenía muchos opositores. Entre ellos estaba incluso la izquierda uruguaya, desde el Partido Socialista al Partido Comunista no veían con buenos ojos al Carnaval.

En ese periodo de la primera mitad del siglo XX es así, eso empieza a cambiar un poquito en los años 60. Hay cambios importantes, no tanto a nivel del carnaval sino a nivel de la izquierda que empieza a percibir la necesidad justamente de interactuar. Si quería llegar al pueblo, tenía que estar presente en las cosas que lo convocaban. Entonces hay un cambio en su percepción de lo que es el fútbol, de lo que es el carnaval, que eran ámbitos de los cuales se tenía un poco la idea de que eran "el opio de los pueblos". Lo combatían como una fiesta burguesa que engañaba al pueblo y le vendía espejitos de colores. Después la oposición, por supuesto, se puede extender a casi todo ese periodo hasta que llega la izquierda a la Intendencia, que ahí la cosa cambia. Pero si no el carnaval está muy identificado con el Partido Colorado, primero con el Batllismo de Don Pepe, después con lo que se podría llamar el Batllismo de Luis en la década del 50. El carnaval es una fiesta muy a la manera del Partido Colorado y con la oposición en general del Partido Nacional. Ahí hay hasta una cuestión cultural, no solamente política. Yo creo que el Batllismo, al igual que el carnaval, tiene una veta muy urbana, muy montevideana, muy popular, muy anticlerical y eso está un poco en contraposición con el imaginario del partido blanco que tiene mucha mayor articulación con lo rural; sus fiestas son precisamente las gauchadas o las caballadas, que persisten hasta hoy, y donde hay también una veta más aristocratizante, con un diálogo mucho más fluido con la iglesia. Todas esas cosas hacen que el Partido Nacional siempre haya tenido hasta dificultades para entender lo que el carnaval es. Por eso se generan también muchas reacciones: el Partido Colorado ya sabe con qué está lidiando, en cambio al Partido Nacional le cuesta más. También desde el punto de vista institucional, a lo largo de la historia de la Intendencia de Montevideo, que se inicia en 1909 –bastante más de 100 años hasta ahora– el Partido Nacional estuvo en la Intendencia de Montevideo solamente en un periodo, después del histórico triunfo del Partido Nacional en las elecciones del 58 ahí gana a nivel nacional y también a nivel de Montevideo. Ya en el 62 la intendencia vuelve a manos coloradas. La gestión de la fiesta también te da un conocimiento, te da un vínculo muy fluido con el carnaval que el Partido Nacional no ha tenido.

El carnaval nace como expresión de una sociedad muy politizada, parece que no podría ser de otra forma.

No podría, porque en última instancia es eso. Muchas veces hablamos del carnaval como un clavel del aire que no se sabe de dónde viene. El carnaval es el resultado de la sociedad que lo protagoniza y que lo hace a su hechura, sus características son las que se reflejan ahí. Es una sociedad extremadamente politizada que siempre hizo del comentario político uno de los ingredientes que más atraen en el carnaval, como hasta el día de hoy, uno va al tablado a ver qué dice la murga en ese repaso anual de todo lo que ha ocurrido y donde se critica y se da palo. Se ha dicho hasta el cansancio que a la izquierda no, y poco menos que el Carnaval es un comité de base del Frente Amplio, lo cual demuestra hasta qué punto la gente habla sin ir al tablado. Un poco la gracia de la cosa está en eso: que sepamos mirarnos. Como virtud los uruguayos tenemos esa capacidad de mirarnos a nosotros mismos de manera crítica y reírnos de nosotros mismos aunque sea por un mes.

En los últimos años también hemos escuchado a muchos murguistas plantear la existencia de una “murga de derecha”. Desde esta sensibilidad que describís, parece poco probable que esa sea una posibilidad.

De repente los sectores que saldrían con ese discurso no encuentran que sea el carnaval el lugar adecuado donde quieran expresarse. Si lo hicieran sería bienvenido, pero de repente hay que manejar ciertos códigos que de pronto no sé si son los que más sintonizan con determinada visión que caracteriza a otros sectores.

También es cierto que el carnaval después de haber sido una fiesta en el siglo XIX que abarcó absolutamente a todos los sectores sociales, a las clases altas y al patriciado, en cierto momento las clases altas comenzaron a tomar distancia de una fiesta que ya no era lo suficientemente elegante y exclusiva. Cuando empezaron a crecer los balnearios en el Este, Punta del Este concretamente, sintieron que eran otros los ámbitos donde querían interactuar. Tomaron distancia del carnaval y entonces el carnaval ha quedado un poco circunscrito a aquellos que siguen identificándose con él.

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Milita Alfaro

Gastón Britos / FocoUy

¿Cuál dirías que es la esencia de nuestro carnaval?

Era una sociedad muy integrada que tenía esa posibilidad de generar espacios compartidos donde había manifestaciones. Hoy todo el mundo está más o menos en la suya. Esa posibilidad de vivir o de mirar la política desde esta otra perspectiva satírica, humorística, es algo que ha permeado a lo largo del tiempo a diferentes generaciones y ha practicado todo eso y lo sigue practicando hoy con cambios y continuidades. Es una fiesta que estamos midiendo en términos de siglos, son muy pocos los eventos sociales y culturales que en una sociedad joven como la nuestra se puede medir en términos de siglos. El carnaval tiene entre nosotros más de 200 años. Tiene la capacidad de generar ciertos espacios, ciertos lugares, lo que Pierre Nora llama "lugares de memoria" que tienen esa posibilidad: que se transforman pero hay una base de sustento en que esas transformaciones se dan a partir de un lugar al cual volvemos porque tiene que ver con nuestra identidad, con nosotros, con nuestra memoria. Ese carnaval que cambió y que ya no existe sigue nutriendo la memoria colectiva, esa cosa nostálgica que en general tenemos los uruguayos. Hay mucha cosa que el carnaval representa en ese sentido y que digamos de alguna manera explica su permanencia.

Carnaval y Ciudad es la investigación que hiciste con Karina Acosta y Belén Pafundi que representa de alguna forma el cierre de tu vínculo académico con la fiesta. ¿Por qué crees que llegó el momento de dar ese paso?

Hay razones biológicas ante todo. No hay más remedio. Empecé allá a comienzos de los 80 –o sea que estamos hablando de varias décadas– y realicé durante muchos años un trabajo bastante en solitario. Más allá de que encontré entre mis colegas un ambiente abierto y propicio para que desarrollara mis investigaciones, pero era esa cosa de "son esas cosas que hace Milita". Había como un respeto y un reconocimiento pero la gente, en general, transita por otras miradas. Eso me pasó durante muchos años hasta que no sé bien cómo ni por qué esto empezó a prender, fundamentalmente en gente joven. Estudiantes de historia pero también hay gente que hace sociología o ciencias de la comunicación, incluso psicología. Empezaron a creer que esta idea mía de que el carnaval podía ser un ámbito desde el cual también mirar a la sociedad valía la pena y tomaron un poco de guante. También eso influye. Durante mucho tiempo decía "si yo me voy esto queda ahí" porque una experiencia personal con nombre y apellido difícilmente pueda lograr una mayor repercusión. En cambio, cuando empezás a sentir que hay una generación nueva que llega con sus inquietudes, que de repente vienen a ser cosas diferentes, pero justamente con esa preocupación por determinados temas sentís que te podés ir. Muchas veces también sentís que lo hacen mejor que vos. Hay una cantidad de lenguajes y de herramientas nuevas que te da la tecnología, yo no podía desarrollarlos.

De alguna forma sembraste inquietudes en un montón de gente, a las que le diste un campo de estudio. ¿Qué te pasa cuando lo pensás en el umbral de la salida?

Sin falsas modestias debo reconocer que es cierto. Me gusta mucho porque pienso que se justifica al final todo lo que se hizo. Veo con mucha alegría el hecho de que le dan a esa investigación un sentido. Los jóvenes tienen otras preguntas, otras inquietudes que son distintas a las de uno y me parece fantástico. Yo he investigado mucho por lo menos hasta la dictadura y por suerte lo hice porque no sé si alguien hubiera tenido la paciencia y la dedicación de meterse en eso. Las miradas ahora van más a lo actual, como es lógico, a los jóvenes les interesan las temáticas que hoy de alguna manera interpelan al carnaval que tienen que ver, por ejemplo, con el papel de la mujer en carnaval. Todas esas cosas son enfoques nuevos que enriquecen enormemente el tema y muestran la cantidad de aristas que el carnaval tiene para mirar a la sociedad. Es un observatorio en el que vos mirás a la sociedad en una cantidad de aspectos.

En la investigación histórica del carnaval habrás encontrado muchas veces la voz de los uruguayos que no estaban contemplados en la historia. Esos sectores que se subieron al tablado a decir lo suyo. ¿Es una de las motivaciones de tu tarea?

Ese es uno de los grandes atractivos y las justificaciones que tiene el estudio del carnaval desde el punto de vista histórico. La posibilidad de llegar a sectores que para el historiador o para la investigadora es muy difícil, porque son sectores que no han tenido la oportunidad o no han querido expresarse. A través del carnaval uno llega al punto de vista de actores que no han sido tenidos en cuenta dentro de ese relato historiográfico, eso es muy interesante. En una sociedad donde la política es un eje tan decisivo ver cómo se vivía desde abajo, desde la gente de pueblo, de la gente común y corriente. Hay mucha información por parte de los elencos políticos de los partidos y de lo que son las fuentes tradicionales: los debates parlamentarios, las editoriales de la prensa, sobre eso hay sobreinformación. En cambio, esta mirada que refiere a otros sectores de repente hay que recuperarla a través de fuentes menos tradicionales como pueden ser, por ejemplo, los libretos. Los viejos libretos de murgas o de cualquier otra categoría tienen en ese sentido un valor historiográfico enorme.

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Milita Alfaro

Gastón Britos / FocoUy

Carnaval y Ciudad también es una forma, no solo de entender la fiesta sino también de entender a Montevideo. ¿Qué nos puede decir este trazado sobre nuestra ciudad?

Por ejemplo, lo que significa el barrio como espacio microsocial que era un eje clave de la vida de la ciudad. Ya no hoy, el barrio hoy no existe. Mientras existió fue un motor impresionante de vida social y cultural. Eso te permite ver cómo operó como un efecto identificatorio: era una forma de promover la cohesión social en barrios donde había niveles de integración. Cayó la Cabra este año llama su espectáculo La República de la Vereda, es uno de los subtítulos que utilicé en el libro de Jaime Ross cuando evoca su infancia porque esa vida tenía un sentido democrático donde se juntaban niños de muy diferentes clases sociales, donde esas cosas no pesaban tanto y donde la calle era todavía un lugar de encuentro. Donde los mayores podían sacar la sillita a la vereda y ponerse a charlar con los vecinos. Todas esas cosas que han desaparecido. A través de la investigación recuperás una ciudad que fue, que no está tan lejos pero está bueno documentarla a través de hechos con un arraigo y una potencia de generar esa vida en comunidad como fue el carnaval.

Esto va a ser una publicación, aparte de la investigación que se hizo. Espero que este año podamos dar forma a ese libro donde Carnaval y Ciudad va a ser desde 1890 hasta la actualidad. Todo el tema de los escenarios populares es una cosa importantísima y bastante sorprendente, en el sentido de que en este tiempo de privatización, de profesionalización, de vivir de puertas adentro, donde es muy difícil generar proyectos colectivos, los escenarios populares de alguna manera recogen el legado de aquellos viejos tablados. Me parece muy importante que en el libro también tengamos esa posibilidad de acercar esa tradición al presente y ver qué formas adopta hoy, que naturalmente son diferentes a las que podía tener hace 50 o 60 años.

Uno puede ver en la historia qué pasaba en su barrio o en su comunidad a lo largo de los años. ¿Cuál es ese mapa emotivo para vos?

Piedra Alta y Cerro Largo es el tablado en el que yo me crié. No vivía tan cerca, en Vázquez y Uruguay. Era el tablado de mi barrio. No hace mucho pasé por esa cuadra. Yo digo, ¿a qué fui? ¿A buscar qué? No sé bien qué era lo que iba a buscar. Y sin embargo me encontré con una placa que lo recuerda y que dice "en este barrio, el Cordón, y en esta cuadra, Cerro Largo y Piedra Alta, se construyeron los mejores tablados artísticos del carnaval uruguayo". Me gustó, porque de alguna manera recupera esa memoria. No sé si fueron los mejores, pero para mí los más queridos, sin lugar a dudas. Pienso que a cada uno, gente de mi edad, le debe pasar lo mismo con su tablado.

Además me encontré en 1916 en la esquina de Constituyente y Jackson un tablado que se llamaba La Esmeralda. Vos imaginate tantos años después, los años que hubo ahí una confitería que se llamaba La Esmeralda. Ahora no está más, hay un edificio, pero hasta no hace mucho ahí había un nexo. Pasa muchas veces.

En el mapa se puede ver la localización de los escenarios. Si la mayoría o los tablados que convocan más gente están ubicados en zonas de alto poder adquisitivo, ¿a quién le canta hoy el carnaval? ¿Cuál es el público?

Sí, ha habido así un corrimiento de clase muy claro. Bueno, lo ha habido en la murga. Esos son procesos también. La murga en una época fue, en relacipón a la extracción de los murguistas, de clase baja baja. Canillitas o feriantes. Después se da un proceso, en eso tiene mucho que ver la dictadura involuntariamente; no es que lo haya querido promover pero como clausuró tantos lugares de expresión cultural mucha gente con formación llegó al carnaval. Entonces introdujo lenguajes y recursos nuevos que a veces le quitaron a la murga un perfil más popular. Hay espectáculos de murga que a veces son bastante sofisticados. Vos llevas a Mi Vieja Mula a un escenario popular y no sé si gusta tanto. Porque requiere una decodificación. No es que la gente no pueda hacerlo, no pasa de pronto por su circuito mental el empezar a ver qué me quiso decir acá o allá el espectáculo. El público del Velódromo que es re murguero sí, no es un público muy popular.

¿Por qué te parece que sigue existiendo cierta molestia en relación al carnaval? ¿Qué es lo que sigue incomodando?

Yo creo que ahí juegan varios factores. El tema político es absolutamente clave. Hay gente que de repente ni siquiera se plantea si le gusta o no le gusta, no va directamente porque es como si dijeran "estoy traicionando mi ideología si piso un tablado, que son zurdos, que son esto, que son el otro". Ahí ya hay una cosa que es muy difícil de combatir. Y después también creo que hay un prejuicio social. Creo que un poco lo que decíamos antes lo relativiza pero en ciertas épocas el carnaval estuvo asociado a sectores bajos, a clases populares, no solamente desde el punto de vista de la extracción económica sino también de la extracción cultural. Cierta intelectualidad sentía que el carnaval era el mal gusto, la cosa ordinaria. Eso tiene cambios. Porque después, en fin, esos sectores de repente se aproximan más al carnaval y valoran otras cosas. Pero pesan sin lugar a dudas una serie de prejuicios culturales y, fundamentalmente, creo yo, políticos.