José Ignacio: la historia de un "infierno de marinos" transformado en paraíso de lujo
En José Ignacio hay casas a la venta por más de 20 millones de dólares. Son mansiones primera fila, con acceso directo a la playa, salas de juego, piscinas, gimnasios.
A metros del faro, sobre la Playa Brava del balneario, hay una que este verano salía exactamente eso, 20 millones de dólares. Tiene cuatro dormitorios en suite, dependencia de servicio, playroom, cinco baños, una piscina infinity, parrilla tradicional y a gas, galerías al aire libre, un jacuzzi, un deck.
Hay otra, una chacra situada a tres kilómetros del mar, que vale 10 millones de dólares. The Sitara Estate cuenta con 12 habitaciones y 10 baños distribuidas en tres residencias privadas. Cada una tiene una piscina, una zona para hacer deporte, jardines, canchas de tenis y fútbol.
A dos minutos del centro de José Ignacio, está Las Coronillas, una finca de campo que actualmente vale 6 millones de dólares. Son cuatro dormitorios en suite y cuarto de servicio, además de piscina con vista a la Laguna de José Ignacio.
Ubicado en una pequeña península de apenas dos kilómetros de largo por ochocientos metros de ancho, José Ignacio se ha convertido en el "Hamptons de Sudamérica". Pero para entender José Ignacio no hay que mirar las fotos de las revistas de chimento de Buenos Aires. Hay que mirar el faro. ¿Por qué? Porque José Ignacio no siempre fue lujo, José Ignacio supo ser un pequeño pueblo cuyo centro era el faro y sus fareros, y la pesca que se obtenía de esa zona.
"Sucede algo que yo he visto mucho: hay gente que llega pensando que José Ignacio es glamour. Pero a los pocos días se da cuenta que acá hay que caminar descalzo, que acá se deja el taco por la alpargata o la zapatilla, porque es imposible caminar por José Ignacio en tacos. Se empiezan a vestir, incluso, de otra manera. Si te quedás, te mimetizás con el lugar, te adaptás", dice Daniela Rivero, escritora local vinculada al rubro gastronómico, autora de libros como “José Ignacio: historia de un pueblo de mar”, “José Ignacio: patrimonio fotográfico” y “De esto no se habla: una historia de José Ignacio”.
jose ignacio punta del este El origen: un infierno de marinos y la estancia del ReyAntes de ser la meca del jet set internacional, José Ignacio fue, simplemente, una advertencia. "El infierno de los marinos", lo llamaban en el siglo XVIII, según le explica Gastón Goicochea, docente e historiador especializado en historia local y militar, a El Observador. La función de esta zona fue estratégica y militar mucho antes que turística.
"Punta del Este marca el límite entre el Océano Atlántico y el Río de la Plata. En el siglo XIX se profundiza su importancia como puerto, pero la zona de José Ignacio era distinta", dice Goicochea y agrega: "Eran tierras fiscales, la llamada 'Estancia del Rey' en la época colonial. No había un centro poblado original. El origen de todo es el faro".
El faro de José Ignacio, esa torre cilíndrica de piedra que hoy es el símbolo inequívoco del lugar, nació de la tragedia. Fue inaugurado el 1 de junio de 1877, tras un año y medio de obras. La razón era urgente: la punta era un cementerio de barcos. Según Rivero, los primeros pobladores efectivos fueron, precisamente, los fareros.
Dunas en José IgnacioDunas del barrio El Secreto de José Ignacio
Informe Ambiental Resumen de Facundo Pieres El enigma del nombre¿Quién fue José Ignacio? Las leyendas locales, alimentadas por la falta de registros precisos, ofrecen varias teorías. Algunos dicen que fue un pirata que naufragó y cuyos restos descansaban bajo una cruz de madera entre las rocas. Otros sostienen que fue un indio de las Misiones Jesuíticas, un tropero que faenaba ganado en la zona.
Sin embargo, Rivero apunta a la geografía. "El nombre probablemente derive del Arroyo José Ignacio", explica Rivero. "El arroyo nace cerca del Cerro Catedral, el punto más alto del país, y deriva hasta transformarse en laguna cerca de lo que hoy es la Ruta 9". Ese nombre bautizó no solo un accidente geográfico, sino un estilo de vida que siglos después atraería a los herederos de las fortunas más grandes del mundo.
La travesía de los pioneros: barro, bueyes y "cachilos"Hasta bien entrada la década de 1950, llegar a José Ignacio era una expedición. El pueblo estaba sitiado por dos lagunas —la de José Ignacio al oeste y la de Garzón al este— que se abrían y cerraban según la voluntad del océano.
"Los vecinos de San Carlos, los más próximos, venían en carretas. Traían gallinas, vino, colchones. Se instalaban a pasar días. No había camino; para acceder tenías que atravesar grandes médanos", explica Rivero. Los pocos que se aventuraban en los primeros automóviles, los "cachilos", debían desinflar las ruedas para no hundirse en la arena blanda o esperar a que la laguna bajara lo suficiente para cruzar por Paso Barboza.
"Había agricultores de la zona que te llevaban en carros tirados por bueyes desde el lugar donde dejabas tu vehículo hasta el faro", agrega Rivero. Fue recién en 1953 cuando se construyó el camino de entrada que unió al balneario con la Ruta 9 y la ciudad de San Carlos. Antes de eso, José Ignacio estaba prácticamente rodeada de agua dulce y salada.
Este aislamiento forzado fue lo que permitió que se gestara una comunidad pequeña pero férrea. En 1907, el agrimensor Eugenio Saiz Martínez realizó el primer loteo de terrenos. Compró 404 hectáreas y fraccionó unas 40, financiando la aventura con la venta de los primeros solares bajo el nombre "Faro de José Ignacio". Pero la tragedia marcó la fundación: Saiz Martínez murió tras quedar atrapado en un tiroteo entre un obrero y su propio padre. Su viuda, embarazada y con hijos pequeños, huyó a Montevideo, dejando las tierras en un limbo legal y administrativo que duró décadas.
1618612124234.webp José Ignacio y Punta del Este son dos de los lugares preferidos por los argentinos que deciden quedarse a vivir en Uruguay Ministerio de Turismo La llegada de los chefs y el omelette de algasEl despegue de José Ignacio como destino de culto no fue obra de hoteleros, sino de cocineros. En la década de 1970, el pueblo seguía siendo un paraje rústico, sin luz eléctrica ni agua corriente. Pero en 1978, la familia Artagaveytia abrió la Posada del Mar (donde hoy se erige Playa Vik) y trajo a un joven cocinero argentino llamado Francis Mallmann. Simultáneamente, surgió el Parador Santa Teresita.
Este último, originalmente era una pulpería también regentada por los Artagaveytia, una familia de Durazno que había cambiado el campo por la arena. En esos años se construía la boya petrolera cercana y un grupo de buzos japoneses llegó al pueblo buscando algas para su consumo. Atila, la hija del dueño, los observó con curiosidad. Los japoneses le enseñaron a preparar un omelette de algas. El plato se convirtió en leyenda. "Tengo fotos de gente haciendo cola en una calle de tierra para comer ese omelette", recuerda Daniela Rivero.
dji_0006.webp José Ignacio, Maldonado. Archivo. Marcelo Umpiérrez La luz, el agua y la batalla por la sombraResulta difícil de creer para el turista que hoy paga miles de dólares por una semana, pero hasta 1981 no hubo un puente que conectara directamente a José Ignacio con Punta del Este a través de la Ruta 10. Y hasta 1994 el agua se distribuía mediante un aguatero en un carro tirado por caballos.
La llegada de la modernidad fue, paradójicamente, el momento de mayor conflicto en el pueblo. José Tringali, un artista que exponía en Francia pero vivía en el anonimato de la península, lideró la resistencia contra la construcción del camino de entrada. Otros vecinos se oponían tajantemente a la iluminación de las calles.
"Hubo grandes discusiones", narra Rivero. "Los que habían vivido toda la vida sin heladera eléctrica querían luz, querían verse. Pero los que venían buscando el refugio del mundo querían mantener la oscuridad", agrega. El acuerdo final es lo que hoy le da a José Ignacio su atmósfera: las luminarias públicas son más bajas de lo normal para permitir que las estrellas sigan siendo las protagonistas de la noche.
José Ignacio José Ignacio El muro de cristal: la ordenanza de 1993Si José Ignacio no se convirtió en una selva de rascacielos como Punta del Este, fue gracias a un puñado de vecinos. A principios de los 90, con la construcción del puente sobre la laguna y el desembarco de marcas internacionales como Guess en la antigua Posada del Mar, sonaron las alarmas.
La comunidad presionó al gobierno de Maldonado y logró una ordenanza específica para la región. En 1993 se prohibieron los edificios de más de dos pisos (siete metros de altura), se limitó el uso de los suelos a viviendas unifamiliares y se prohibieron terminantemente los clubes nocturnos y la música amplificada después de cierta hora.
"José Ignacio se inunda de gente durante el día, pero al atardecer, el pueblo vuelve a la calma", explica Rivero. Esa ley de 1993 es la que protege la "marca" José Ignacio. Es la que garantiza que, aunque el dueño de un banco o el fundador de Mercado Libre esté sentado en la mesa de al lado en La Huella, el horizonte seguirá siendo el mismo que vieron los fareros del siglo XIX.
El archivo dice que el gran boom fue en los 90, pero los nombres propios empezaron a llegar antes. Mirtha Legrand se instaló en 1985; luego Amalia Fortabat, y más tarde Marcelo Tinelli o Susana Giménez, cuya presencia terminó de cementar el estatus del lugar en el imaginario argentino.
Sin embargo, en José Ignacio existe un código de conducta no escrito: la invisibilidad. "Nosotros vamos a la panadería o a la pescadería y nos encontramos con gente famosa, pero el uruguayo no les dice nada. Pasa Ricardo Darín caminando y nadie le pide una foto. Es un vecino más", dice Rivero.
Incluso la solidaridad es un rasgo distintivo. Tras el incendio de un restaurante local, la comunidad se organizó para fundar un cuerpo de bomberos voluntarios. Hoy, los vecinos de José Ignacio comparten el mismo camión de bomberos cuando suena la sirena.
0021123484.webp La Huella, ubicado en José Ignacio, a unos 40 minutos de Punta del Este El futuro: las chacras y el horizonteJosé Ignacio enfrenta nuevos desafíos. El crecimiento se ha desplazado hacia el interior, hacia las "chacras marítimas", y hacia el este, cruzando el puente circular de la Laguna Garzón inaugurado en 2015. Balnearios vecinos como La Juanita crecen a un ritmo vertiginoso, y la presión inmobiliaria vuelve a poner a prueba los límites de la ordenanza.
"Siempre hay algo que los desvela", dice Rivero. "Ahora la preocupación son los fraccionamientos de las chacras". Pero “lo que nunca ha cambiado acá en José Ignacio son el viento y el faro”, agrega.
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