Sequía histórica: desde el año 2000 no se recuerda una bajante similar en la Laguna de Rocha
Desde hace más de un mes, el bajo nivel del agua, producto de la sequía y las altas temperaturas, afecta a pescadores artesanales y al equilibrio del ecosistema. La menor profundidad eleva la temperatura del agua y reduce el oxígeno disponible, generando estrés en los peces y riesgo ambiental. Vecinos y pescadores advierten que, si no se registran lluvias abundantes o un temporal que permita la conexión con el mar, la situación podría agravarse en los próximos días. “Hace falta mucha agua”, señalan desde la orilla, donde el impacto ya se siente en el trabajo diario y en la vida de la laguna.
La bajante de la Laguna de Rocha no es solo un dato hidrológico ni una consecuencia más de la sequía prolongada. Es, ante todo, una señal de alarma que se percibe desde la orilla, desde quienes viven con el agua a la altura de los ojos y no desde un escritorio. Pescadores artesanales y vecinos de la zona observan con preocupación cómo el espejo de agua se retrae, alterando un equilibrio frágil del que dependen el trabajo, la biodiversidad y una forma de vida que no admite reemplazos.
Desde hace más de un mes, el nivel de la laguna se encuentra por debajo de lo habitual. La sequía persistente, combinada con altas temperaturas estivales, ha generado un escenario adverso tanto para el ecosistema como para las familias que viven de la pesca artesanal. Menos agua implica mayor temperatura, menor oxigenación y un estrés creciente sobre las especies que habitan la laguna. El riesgo no es inmediato, pero sí latente.
“Hace falta mucha agua”, resume José “Pepe” Lobato, pescador histórico de la Laguna de Rocha, en diálogo con Rochaaldia.com este domingo 18 de enero. No lo dice como una consigna, sino como quien conoce los tiempos de la naturaleza y sabe leer sus silencios. Su anhelo —compartido por muchos— es que un próximo temporal permita que la laguna vuelva a conectarse con el mar, como ha ocurrido tantas veces en el pasado, y recupere así su pulso vital.
La afectación no se limita a la pesca. En lagunas costeras como la de Rocha, la bajante prolongada desencadena un efecto en cadena: el aumento de la temperatura del agua obliga a los peces a un mayor movimiento metabólico, incrementando su demanda de oxígeno en un ambiente donde ese recurso escasea. En casos extremos, el resultado es la mortandad. Por ahora, explican los pescadores, el pescado se mantiene sano, pero la línea que separa la estabilidad del colapso es fina y depende de factores que ya no controlan.
Pepe lo explica sin tecnicismos, pero con precisión: “La poca profundidad limita al pescado por la escasez de oxígeno. Si a eso le sumás el calor, el agua calienta más y hay todavía menos oxígeno. Eso perjudica seriamente”. También advierte sobre la pérdida de zonas clave: los sectores que quedan en seco son, en muchos casos, comederos naturales. Allí donde hoy el sol raja la tierra, antes se alimentaban los peces.
El conocimiento que transmiten los pescadores artesanales no proviene de manuales ni de gráficos. Es un saber acumulado por generaciones, construido en la observación diaria, en la repetición de ciclos que no siempre se repiten igual. Pepe recuerda sequías similares a comienzos de los años 2000 y otras anteriores, cuando la laguna también quedó cerrada con poca agua y el verano hizo el resto. “Acá la evaporación es muy fuerte. El viento lleva el agua para un lado, la empuja contra tierra seca, y esa agua ya no vuelve”, explica.
La Laguna de Rocha forma parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas desde 2010. Esa categoría reconoce su valor ambiental, pero no la blinda frente al cambio climático ni frente a la fragilidad de los sistemas naturales cuando las lluvias no llegan. Para revertir la situación, Pepe es claro: no alcanza con una llovizna.
“Tendría que llover más de 100 milímetros, idealmente unos 150, de lluvia pareja, sobre todo en la zona de Rocha y las sierras. Esa agua es la que corre hacia la laguna”.
Mientras tanto, la vida cotidiana se adapta como puede. Hace casi un mes que Pepe no puede realizar paseos turísticos en la laguna por la falta de profundidad para navegar. Es una consecuencia directa de la bajante, pero también un síntoma de algo más profundo: cuando el agua se retira, se detienen actividades, se enfrían economías pequeñas y se tensan los vínculos entre naturaleza y trabajo.
Pepe Lobato, la laguna como casa
José “Pepe” Lobato vive en el margen sur de la Laguna de Rocha, sobre la ruta 10. Allí montó un espacio gastronómico donde la pesca artesanal se transforma en mesa compartida. No es un emprendimiento ajeno al paisaje: nace de él. Pepe es pescador desde siempre. Sus padres se afincaron en la zona en 1947; su madre era de Valizas y su padre, pescador, de Maldonado. “Antes nos juntábamos y mi padre contaba historias. Hoy mucha gente perdió eso de contar. Está bueno conocer el pasado para agarrar un futuro”, dice.
Cada día, desde las 10 de la mañana, abre su fogón. Con reserva previa, se puede disfrutar de platos elaborados con productos de la propia laguna: pescado del día, asado, al horno, relleno o en empanadas. Todo con una impronta familiar y el valor agregado de una puesta de sol que no se ofrece en ningún menú. Para quienes no consumen pescado, Pepe adelanta que próximamente sumará opciones nocturnas, como un “cordero especial”, típico de la zona.
Además, realiza paseos turísticos en la laguna cuando las condiciones lo permiten. Para consultas y reservas: 091 861 507.
Cómo llegar:
Desde la ciudad de Rocha, tomar ruta 15 y luego desviar por ruta 10. Son aproximadamente 8 kilómetros hasta la laguna.
Pepe Lobato no es solo pescador. Es emprendedor, anfitrión y educador informal de un territorio que habla a través de quienes lo habitan. Su voz, como la de tantos otros vecinos, recuerda que los ecosistemas no se defienden solo con normas, sino escuchando a quienes han vivido toda una vida junto al agua y saben —sin academia— cuándo algo no anda bien.
Vídeo enviado por Fanny Nuñez a Redacción.
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